Una celebración en la Confitería del Molino, ícono porteño

Ciudades 26 de noviembre de 2021 Por María Ruso
Aunque ya ha finalizado la restauración los huéspedes recorren el lugar admirando la renovación lograda por los pisos, columnas, rosetones, bronces, maderas, paredes revestidas en roble, estucados, arañas de caireles originales.
Edificio-Del-Molino

Empujando sus cuerpos transparentes, ceremoniosos ingresan a la mítica Confitería Del Molino. Son recibidos por los pasteleros Constantino Rossi y Cayetano Brenna, que habían decidido la construcción en 1916 para celebrar el Centenario de la Independencia. Los anfitriones explican que, luego de ochenta años de una existencia algo conflictiva, con tiempos felices y tiempos turbulentos, la confitería hubo de cerrar. Y ahora, en este siguiente siglo, tras muchas idas y venidas por los escritorios de la justicia y numerosas transacciones amistosas en busca de una solución positiva, este icónico sitio volverá a ser significativo referente de este Buenos Aires tan querido. 

 Aunque ya ha finalizado la restauración, las lenguas se tornan ásperas por el polvo que aún enturbia el aire. Los huéspedes recorren el lugar admirando la renovación lograda por los muchos especialistas en molduras, pisos, columnas, rosetones, bronces, maderas, paredes revestidas en roble, estucados, arañas de caireles originales. Se lucen los vitrales: los rayos del sol los atraviesan tan voluptuosos, que los visitantes, conmovidos, perciben la solemne espiritualidad de transitar un templo religioso. Los propietarios los guían hasta el primer piso donde el estilo Art Nouveau se corrobora acabado. Una descomunal mesa preparada para el evento se luce amable, tentadora, con una vajilla y cristalería reluciente y afectiva. 

Don Rossi explica que allí se festejaban célebres reuniones de la alta sociedad, casamientos, tertulias políticas trascendentes, y hace hincapié en el imponente vitral que consta de 117 paños. Don Brenna sugiere ir ocupando lugares y avisa que luego de la comida quien quiera podrá acceder por la escalera caracol a la renovada cúpula y apreciar la perfección de los vitrales realizados artesanalmente. Agrega que verán las aspas esplendorosas, y la belleza de los cuatro leones alados luciendo tan majestuosos como para fulgurarse con digna singularidad en el Taj Mahal de la India.

Los grupos se van conformando con afables saludos de puño a puño. Los próceres, eximidos de usar el barbijo, muestran amplias sonrisas y jopos de peluquería; las damas, muy sueltas pero exaltadas por el privilegio que viven, siguen a los mozos que les indican los lugares preestablecidos. Además de la formalidad, también hay notable despilfarro en personajes que exhiben, orondos, jeans deshilachados, desprejuiciados tatuajes de mil colorinches, y otros desarreglos meticulosos. La música activa el aflojar de riendas y los murmullos se van acentuando díscolos. Debido a los retrasados y los saludos tardíos, se van estableciendo animadas confusiones cruzadas de unos hacia unas, de unos a unos y de unas a unas. Como atañe a un evento tan esperado y tan propio en lo social, prima la armonía. 

Gracias al buen ánimo, los barbijos de los mozos encuentran renovados sitios: unos cuelgan de las orejas, otros suben a las cabezas y muchos van a dormir a los bolsillos. En una esquina, el restaurador Juan Manuel de Rosas le objeta Don Hipólito Yrigoyen y a Antonio Carrizo, que un director técnico pueda dirigir cinco equipos en un año. El gordo Muñoz se mete y expresa que eso es natural, ahora, pues se juega el peor fútbol de todos los tiempos, y nadie les ha explicado a los jugadores que hay que patear al hueco de enfrente, rectangulado por tres palos y el pasto. Recostado en la pared, Discépolo intenta convencerla a Alfonsina Storni para que se anime a hacer un tango. Alberto Olmedo le explica a San Martín que de aquél porrazo frente al mar le quedaron mil dolores y que su médico-asignado Ricardo Beistegui no lo atiende salvo en la puerta del edificio, y el Pami no tiene libro de quejas. Aníbal Troilo le chimenta a Julio Roca y a Guerrero Marthineitz las bromas pesadas que le hacía sufrir el loco Astor Piazzolla. Rutilante, el boxeador José María Gatica, rodeado de los escritores Martínez Estrada, Borges, el doctor René Favaloro, Manuel Belgrano y Carlos Gardel, manifiesta emocionado que pasó una noche maravillosa en el Teatro Colón viendo ¡el Ballet del Bolshoi de Moscú interpretando “El lago de los cisnes” de Tchaikovski!… Y así todos, mundanos, radiantes, comen y beben haciendo honor al Gato Dumas y su equipo que están sudándola a lo loco en la cocina. 

Fuera de lo programado, acallando el barullo, se abren las puertas dejando entrar un viento furioso cargado de polvo y espanto… En voz baja, la Coca Sarli le revela a Lola Mora que esos que han entrado de prepo se llaman “recuperadores urbanos” y “gente en situación de calle”. Los harapientos sueltan los carretones, las bolsas, los apretados cartones, los sucios colchones humedecidos. Urgente, Don Rossi y Don Brenna hacen lugar, los mozos traen sillas y la mesa se agranda en un largo y desprolijo triángulo como nuestro mapa... Desde un rincón no identificado y sin motivo claro, alguien grita: “¡Para un argentino no debe haber nada mejor que otro argentino, carajo!". Y allá arriba, escuchando con atención, las aspas del Molino palpitan, vibran, muy firmes y convencidas comienzan a girar.

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